La narrativa de que nuestra capacidad de atención está colapsando bajo el peso de la distracción digital es generalizada y engañosa. Si bien muchas personas se sienten más dispersas y los datos sugieren una disminución de la atención en ciertas tareas basadas en pantallas, el marco de explotación de una “economía de la atención” pasa por alto la cuestión fundamental. El problema no es sólo que nos estén robando la atención; es que hemos reducido la atención a un bien cuantificable y controlable.
Los números no cuentan toda la historia
Las encuestas muestran una preocupación generalizada: el 75% de los encuestados afirma tener dificultades para prestar atención. La investigación de la psicóloga Gloria Mark confirma una disminución en la concentración sostenida durante las actividades digitales, lo que alimenta la afirmación popular (aunque probablemente exagerada) de que la atención humana ahora va por detrás de la de un pez dorado. Mientras tanto, los diagnósticos de TDAH en niños están aumentando: aproximadamente el 11% de los niños estadounidenses reciben ahora esta etiqueta.
Estas estadísticas son alarmantes, pero no prueban necesariamente un fallo cognitivo generalizado. Más bien, reflejan un cambio en cómo definimos y medimos la atención. La “economía de la atención” de 7 billones de dólares trata la concentración como una métrica de productividad, algo que debe optimizarse para obtener ganancias. Esta visión estrecha domina incluso los intentos de resistir la distracción: nos convertimos en ansiosos autocontadores, rastreando desesperadamente nuestro propio enfoque en lugar de abordar los problemas subyacentes.
Más allá de la distracción: la raíz del problema
La verdadera crisis no es simplemente que los teléfonos, las notificaciones y el contenido interminable nos lleven en un millón de direcciones. Es que hemos interiorizado esta visión transaccional de la atención. La obsesión por “mejorar la concentración” o “evitar distracciones” refuerza la idea de que la atención es un recurso que debe gestionarse, más que un aspecto fundamental del ser humano.
Esto es especialmente peligroso porque ignora el contexto más amplio. La disminución de la capacidad de atención puede estar relacionada con el estrés sistémico, la inseguridad económica y la abrumadora complejidad de la vida moderna. Centrarse únicamente en las “soluciones” digitales ignora estos factores más profundos.
Un llamado a la reevaluación
La ansiedad que rodea a la “economía de la atención” es en sí misma un síntoma del problema. Al fijarnos en cuánta atención tenemos en lugar de cómo la usamos, perdemos el panorama general. La atención no es algo que deba piratearse ni optimizarse; es una capacidad que florece en entornos de significado, propósito y conexión genuina.
La solución no es una mejor autodisciplina, sino una reevaluación fundamental de cómo valoramos y experimentamos la atención misma. Debemos ir más allá de las estrictas métricas de productividad y reclamar la atención como fuente de florecimiento humano.



























