El concepto suena casi demasiado bueno para ser verdad. Diseñar una ciudad donde la gente simplemente viva más tiempo. Ésa es la promesa de la “zona azul”.

Comenzó como antropología. Los investigadores rastrearon el mapa en busca de valores atípicos. Icaria en Grecia. Loma Linda en California. Nicoya en Costa Rica. Okinawa en Japón. Cerdeña en Italia. Estos lugares tenían altas concentraciones de centenarios. Personas que mueren después de los 100 años, a menudo sin el bagaje habitual de enfermedades cardíacas o demencia. Los datos eran claros. La vida cotidiana allí favorecía la longevidad. Movimiento. Conexión. Objetivo. Comer menos basura.

Pero entonces algo cambió. La idea de la zona azul dejó de ser sólo un estudio. Se convirtió en un producto.

Surgió un programa de certificación. Las comunidades de Estados Unidos comenzaron a aceptar el modelo. Quieren la placa. Quieren los resultados. Entonces intentan diseñar las condiciones.

Tomemos como ejemplo las ciudades costeras de California. Visitamos para ver el experimento en tiempo real. ¿Funciona importar el estilo de vida? ¿O simplemente estamos reenvasando los consejos básicos de salud pública con una nueva y elegante marca?

¿Realmente puedes codificar la longevidad en un código postal? ¿O es simplemente que la salud pública de la vieja escuela lleva un traje nuevo?

La pregunta central: ¿Son las zonas azules un modelo replicable o simplemente una colección de accidentes felices?

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